viernes, 14 de octubre de 2011

Somos mucho más que dos

Este vídeo lo encontré por casualidad y me encantó :)


lunes, 24 de mayo de 2010

Marcha

El día en que me vaya, el sol seguirá brillando en las mañanas.
Nada habrá cambiado excepto yo,
y en mitad del turbio acontecer me repetiré en el eco de las voces amigas.

No se es nadie sin camino
y borro mis huellas al pasar.

Si me voy, me iré despacio, sin hacer ruido,
casi de puntillas.
Haciendo gala de un delicioso teatro
del que no soy protagonista.

Si me voy, me iré feliz,
sonriendo para mí y para mis tormentos.

Nadie es más fuerte que yo.
Nada es más eterno que mis sueños.

Cuando me vaya, nadie sabrá que dejé a un lado
mis oscuros lamentos.
Nadie sospechará que sigo firme como el junco
a pesar de la adversidad.
Nadie sabrá que me fui.

Sin embargo, estaré lejos de mi campaña,
de mis vicios, mis sombras y mi reloj.

Estaré más en mí.
Seré más auténtica,más yo.
Y sin quererlo, más feliz.

Pues el día que me vaya, no doblarán las campanas.
no habrá lamento ni dolor,
será una bienvenida.
Un comienzo.
Nuevas oportunidades de equivocarse,
de sentirse viva.
De ser imperfecta
y no pedir perdón por ello.

El día en que me vaya, el sol seguirá brillando en las mañanas.
Nada habrá cambiado excepto yo...

Entretiempos

Hace mucho que no escribo, no sé si quizás tengo poco que decir o es que el tiempo agota mi mente. A veces intento ponerme delante del ordenador a esgrimir alguna idea que me ronda, pero todo intento se queda en éso, un mero intento.
Aún llevo la vieja libreta donde apunto reflexiones fugaces que surgen en medio de un paseo, en medio de una aburrida clase, o simplemente mirando a través de una ventana.
Aún la llevo, pero sólo la saco a pasear. Es un lugar de encuentro conmigo misma cuando necesito un punto y aparte. Sé que siempre está ahí cuando la necesite y que el tiempo volverá a reconducirme en el camino de los versos.
Fíjate, sin quererlo vuelvo a escribir.
Ya estoy en casa...

martes, 13 de octubre de 2009

Christian el león

Ésta es la historia real de Christian el león....


En el año 1968 John Rendall & Anthony Bourke (Citado en muchas ocasiones como “Ace” Berg), vieron un cachorro de león, a la venta en un almacén de animales exóticos de Harrods (Es un gran centro comercial en pleno centro de la ciudad de Londres). El había sido extraído de la jaula de sus padres quienes hacían parte de la colección de un pequeño zoológico (Ilfracombe zoo park).

Conmovidos por las condiciones en que se encontraba, John & Ace decidieron comprarlo y llevárselo para su apartamento; mas tarde Instalaron al león en el sótano de una tienda de muebles llamada Sophistocat, situada en Chelsea, lo llevaban a comer a un restaurante llamado Casserole y jugaban con el en el patio de una capilla.

El pequeño león que no pesaba más de 35 libras, fue bautizado con el nombre de Christian. Después de un año y cuando el león llego a pesar 185 libras, sus amos decidieron llevarlo a vivir en un lugar mucho mas idóneo. En una oportunidad John & Ace conocieron a Virginia McKenna & Bill Travers, quienes les sugirieron que dejaran al cachorro a cargo del naturista George Adamson, quien tenía un orfanato para gatos salvajes en el Parque Nacional de Kora, en Kenia.

Virginia McKenna & Bill Travers eran una pareja de actores y activistas ingleses, que protagonizaron el documental sobre vida salvaje “Born Free” (Nacida Libre). Este film esta basado en el libro de Joy Adamson, que trata la historia real de George & Joy Adamson y su lucha por devolver a la leona Elsa a su hábitat natural, este trabajo inspiro al matrimonio para continuar una serie de documentales sobre la defensa de los derechos de los animales y con el tiempo al establecimiento de la fundación Born Free.

George Adamson, el Baba ya Simba (Padre de los Leones), asesoró a los jóvenes sobre el manejo que debían darle al pequeño león, mientras este se iba aclimatando y acostumbrando al entorno natural de Kenia. John, Ace, Virginia y Bill hicieron parte activa de la introducción de Christian a su nuevo hogar, lo acompañaban a sus paseos por la llanura africana y de regreso a su aposento, pero Christian no era el único león en proceso de introducción al medio salvaje; también estaba la pequeña Kitania y el viejo Boy, con quien tuvo el difícil trabajo de ganarse su aceptación.

Gracias a la paciencia y la sapiencia de George Adamson, finalmente, Boy & Kitania lograron ser la primer manada de Christian; fue en ese momento que John & Ace decidieron decir adiós y permitir que su amado amigo continuara con su nueva vida en África de la mano de George.

En 1974 John y Ace regresan a Kenia para visitar a su amigo por ultima vez les advirtieron que Christian no les reconocería...

De este reencuentro entre los australianos y el león es el que data este precioso video, tan visitado y glorificado por todos quienes creen acérrimamente en el amor incondicional e inagotable entre los amos y sus mascotas, y lo ponen como modelo a seguir para nuestros semejantes.

Toda esta historia quedo documentada en el film “The Lion at World's End.” Esta película también muestra las leonas, Mona, Lisa & Supercub dándole la bienvenida a los dos australianos bajo la influencia de Christian y después compartiendo las tardes en la colina rocosa. En esta película, el director, muestra el contrastante entre libertad de Christian y la cautividad de sus padres en aquel zoológico londinense.

Precioso, simplemente emocionante...aprendiendo a aprender....

¿quienes son los salvajes?


FUENTE: Mision animal.

miércoles, 5 de agosto de 2009

ELVIRA LINDO OPINIÓN 21/06/2009

Este artículo me emociona. No puedo evitar las lágrimas aunque ya me lo sepa casi de memoria...

"Viejo, sordo, incontinente


Mi perro es bastante viejo. Casi dieciséis años. Hace casi dieciséis años iba yo zascandileando por Chueca cuando vi en la jaulilla de una pajarería un yorkie diminuto, más parecido a un murciélago que a un perro. Lo compré. Yo no sabía mucho de perros hasta entonces. Ahora sé casi todo. Tras años de estrechísima convivencia (me ha seguido con admiración en todas mis actividades diarias, sin exclusión) casi me atrevo a decir que nadie me ha querido tanto como él. No hay cariño de un hombre que se ponga a la altura de semejante enamoramiento.

Las visitas han sido testigos de la fascinación que el pequeño murciélago ha sentido siempre por mí. Me sentaba a comer y me miraba desde abajo como diciendo, "mírala, qué bien mastica". Me echaba la siesta y él se la echaba conmigo; debía de presentir el momento en que yo iba a abrir los ojos porque, cuando me despertaba, lo primero que encontraba eran los ojos negros bajo el flequillo perlado. Tampoco me quitaba ojo mientras escribía columnas, novelas, guiones, "no hay otra como ella -parecía pensar-, algún día, este país le dará el lugar que le corresponde: el Parnaso". Sé que hay lectores que considerarán pueril mi relato. Lo asumo. Si Hitchcock abominaba de rodajes con perros y niños, también hay lectores que en cuanto ven que un artículo se llena de animales, pasan la página. Que la pasen. Es una aspereza típicamente española. Ésa es una buena razón para hojear de vez en cuando la prensa internacional. El otro día, en The Washington Post, venía un extracto conmovedor de Old Dogs, de Gene Wengarten y Michael S. Williamson, un ensayo sobre la experiencia de convivir con perros viejos. Uno de los autores recuerda con nitidez el día en que sintió que su perro comenzó a envejecer. Yo también lo tengo fechado: mi perro se hizo viejo el primer invierno que pasó en Nueva York. En otoño, la ciudad le volvió loco. En contraste con los educadísimos perros neoyorquinos, el mío, iba cruzándose de lado a lado de la acera, queriendo atrapar todos esos olores a mierda de las alcantarillas, a flores de los coreanos, a esas bolsas enormes de comida que tiran por la noche y en la que, si te fijas con atención, ves moverse a las ratas por debajo del plástico negro. Pero llegó el frío hiriente, ese que te quema la cara y te agarrota las manos, y el pobre empezó a andar de puntillas como un Chiquito de la Calzada a cuatro patas. Sucumbí ante eso que hasta hacía un año me parecía una bobada anglosajona: el abriguito. Y es que un perro de Chueca no estaba hecho para esos hielos. Tampoco para los calores agosteños. Recuerdo una mañana ardiente de verano, tras hacerle andar cinco kilómetros por la avenida Madison, que el pobre se me desparramó en el charco de agua que se forma bajo los quioscos de flores y ya no hubo manera de que anduviera. Me lo llevé a casa en brazos con la pelambre chorreando. Ay, esos mis primeros tiempos de soledad. Él provocaba que me saludaran los niños y las viejas. Alguna vez que nos ausentamos de la ciudad, vivió en casa del escultor Leiro y se convirtió en un personajillo querido y célebre entre los vecinos de aquella zona de Tribeca. Sí, yo presentía que se estaba haciendo viejo. Al principio fue un cambio sutil. De joven, había sido como ese chihuahua argentino del chiste que vive en Alemania y le dice a otro perro, "yo en mi país era un dóberman". Él siempre se había considerado un dóberman. Era mi perro de defensa, no es broma. En cuanto llegaba alguien a casa esos cinco kilos se enredaban entre las piernas de la visita, que se quedaba atónita, aturdida. Pero ese espíritu chulesco se fue aplacando; a esta nueva paz contribuyeron la ceguera y la sordera. Pero en vez de reaccionar con frustración y tristeza, como haría un ser humano, mi perro viejo fue optando por la tranquilidad de espíritu. Ahora, no me cabe duda, es un sabio. En verano encuentra el rincón más fresco, en invierno el rayo de sol más sabroso; no tiene prisa por levantarse, si tú te levantas a las doce él se levanta a las doce, si tú te levantas a las ocho él se levanta también a las doce; ya no quiere alejarse más de cien metros de casa, cuando llega a la esquina, se da media vuelta y da por finalizado el paseo; prefiere dar paseíllos por el patio, como si fuera un jardinero experto, disfrutando del olor de cada hoja; y si se mea (lo que ocurre con cierta frecuencia) ya no corre a esconderse bajo el sofá con miedo a ser castigado. Cuando te ve acercarte con la fregona, te mira como diciendo, "tengo derecho a mearme, soy un viejo incontinente". Un amigo me dijo un día, "me encantan los perros, pero no los tengo porque su ciclo de vida es demasiado corto". Es cierto. Pero hay algo tan digno en su vejez, esa capacidad para convertir las limitaciones físicas en placidez contemplativa, que su actitud se convierte en una lección diaria. Cierto es que a veces echo de menos esa adoración sin límites que le hacía mover la cola sólo por el hecho de que yo le mirara. Hemos cambiado los papeles, ahora soy yo quien de vez en cuando se acerca a su cojín. Le miró esos ojos como canicas que miran sin ver y le digo, "cuánto te admiro". Y él ronronea, entiende mi admiración. Es un viejo con la autoestima por las nubes."

ELVIRA LINDO