lunes, 28 de enero de 2008

Cadena de favores

El otro día, mientras me evadía del entorno hostil siestero, decidí entregarme en brazos de la televisión como niña sin zapatos nuevos y la fortuno quiso devolverme el favor en forma de un película lo suficientemente digestiva, como para no sentirme culpable de despilfarrar mi tiempo.

La susodicha era aquella donde un niño, para un trabajo de su clase de Estudios Sociales, elabora un proyecto por el cual debía hacer tres favores a tres personas diferentes, y éstas a su vez, tenían que hacerle el favor a otras tres diferentes, estableciendo así una cadena de favores. Visto con perspectiva, el chaval pretendía mejorar el mundo, inflar de orgullo al maestro y de paso sacar sobresaliente en la asignatura, matando así tres pájaros de un tiro ¡eso sí que es tener redes de economía mental!


Inesperadamente, incluso para el propio chaval, la cadena funcionó enalzando su figura hasta las televisiones de medio mundo. Parecía un plan sin agujeros, todo el mundo se unía sin importar edad, raza, religión o clase social, para dar cabida a un nuevo concepto de hermanación.


Sin embargo, siempre hay alguien dispuesto a hacer la puñeta y demostrar que no siempre se está por la labor de ser motivado en altas empresas. Así nuestro pequeño héroe pasa a ser un pequeño mártir víctima de su propio idealismo. O víctima quizá de aquella guionista llamada Catherine Ryan Hyde, que en un intento admirable por romper barreras discriminatorias entre las personas, demostró que todos tenemos un buen fondo, sin importar nuestra condición social. Pero como cambiar el mundo en que vivimos en formato celuloide no resulta novedoso aunque, sorprendentemente, funciona, ¿por qué habríamos de cambiarlo? debió de preguntarse la genial guionista. Ante esa locuaz perspicacia, y la dificultad de poner el yugo en unas manos ajenas para acabar con aquella especie de mesías, decidió que quien debía ponerle el cascabel al gato fueran otros niños, para evidenciar el contraste entre una infancia que nada entre sueños y la infancia que se ahoga entre la realidad. Los verdugos no eran otros más diferentes que él, sin embargo, la industria del cine nos los presentan venidos del mismo infierno. ¿No es mucha casualidad que los que se cargaron el mundo ideal de aquella gente fueran niños latinos? Yo creo que no. Las buenas intenciones de hacer películas con mensaje venden bien, pero por dentro siguen estando igual de podridas. Se empeñan por hacer una purgación de dos horas en el espectador de la sala, haciendo que uno salga de allí con ganas de cambiar el mundo, y al mismo tiempo, nos dicen sibilinamente quien se carga el pastel siempre. Hubiera sido más interesante ver que quien mata no son los mismos q siempre ponen de malos en las pelis.


Bueno, que lejos de quedarse en un intento de película con mensaje, al final se degrada en otra americanada racista. Y encima se filtra por nuestra retina pasando por ser una gran película social. Un sobresaliente para aquel niño y su cadena de favores y un suspenso para la industria del cine. A ellos sí que alguien les debería hacer un favor...

1 comentario:

Pablo S.R. dijo...

Hola Eli!
Me ha gustado mucho tu blog y me ha soprendido!!! Había escrito un comentario superlargo profundizando un poco en algunas ideas que has desarrollado pero me ha parecido un poco extenso y coñazo la verdad! jajaja! así que se ha quedado en un saludo y felicitación por escribr con tanta calidad!
Me ha gustado mucho lo que escribes sobre tu abuelo, quizás te guste leer un post en mi blog que se titula "Un héroe". A lo mejor te sientes identificada. Un saludo y te animo a que sigas escribiendo: ya tienes un lector más!